O filho eterno: una traducción

O FILHO ETERNO: UNA TRADUCCIÓN[1]

 

María Teresa Atrián Pineda

Es una enorme alegría y una oportunidad muy agradecible estar en esta mesa con el autor de la obra que estoy traduciendo, un privilegio, sin duda. De manera que debo dar las gracias:

Primeramente a la Fundación de la Biblioteca Nacional, por la Beca de traducción y por haberme invitado a participar de esta mesa, en la Bienal. Aquí, debo agregar las gracias, en particular, a Fabio Lima. Después, a la Editorial Mexicana, Elephas, por haberse apuntado en este proyecto de traducción de la mejor literatura brasileña. En seguida, claro, al propio Cristovão Tezza que abrazó con mucho gusto esta propuesta. Y, por último, a João Cezar, mi esposo, porque si él no me hubiera regalado O Filho Eterno en el año 2009 (y aquí otra historia tiene su lugar), todo esto que dije antes, no hubiera sido posible.

 

Entonces, la traducción. Cuando leí la novela en aquel 2009, ya estaba influenciada por dos cosas: la emoción de Joao por el libro, y mi emoción por João, de manera que leí la obra casi en carne viva. En esos días trabajaba en la Universidad del Claustro de Sor Juana en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y para llegar a tiempo tenía que atravesar la ciudad en camión, taxi y metro. Todo un lujo, porque durante días y días, al menos por las mañanas, no me tuve que preocupar por el tiempo, el tránsito o el volumen enloquecedor de la música ambulante del metro. Solo me preocupaba ese papá inexperto al que se le caía el mundo encima.

La lectura que hice en aquella ocasión fue como suele ser frente a una extraordinaria novela: llega un momento en que no importa quién o quiénes sean los personajes, cuáles las situaciones y de qué manera lo esté resolviendo todo el escritor: uno ya está viviendo ahí adentro, y es solo cuestión de andar, volver, encontrarse, asentir, enojarse, saberse atrapado. Pero, sobre todo, es indispensable no contentarse con el final. Querer más. Recuerdo que una mañana me encontró mi jefa caminando lentamente por el patio de la Universidad rumbo a la oficina, leyendo. Cuando me preguntó qué leía, antes que nada le dije: un libro que me encantaría traducir.

Ya cuando comencé a traducir O Filho Eterno me tuve que detener. Espérate, tuve que decirme, tienes una gran responsabilidad enfrente. No solo es una novela consagrada por los lectores, es una obra multipremiada, de una enorme repercusión, traducida a 6 idiomas (si aceptamos las diferencias del portugués lusitano). Y, sobre todo, es una obra impecablemente escrita. Y paré por un tiempo. Por fortuna, Tezza publicó en esos días la antología de cuentos Beatriz. Otra vez João me regaló el libro y me quedé (ahora durante las noches) siguiendo las peripecias de la joven profesora. Lo acabé, revisé los subrayados, el vocabulario… Sentí, sentí que sabía un poco más de la escritura de Tezza y regresé a El Hijo Eterno.

Pasé del asombro de lectora al asombro de traductora: hay que hacer otra lectura. Una lectura especulativa: imaginar todo ese mundo en español, y de preferencia, por supuesto, en el español de México. Pero como todos ustedes saben: ahí están las trampas. No solamente queremos respetar la obra, la intención, la construcción, los efectos, los sentidos que se insinúan; sino que queremos dejarle también el ritmo, la fuerza. Y esta obra tiene una escritura fuerte, un narrador complejo, y un personaje que mientras se va haciendo padre, se va escribiendo. Así que ahora la lectura en portugués se está haciendo en silencio, mientras la versión en español hay que leerla en voz alta, una y otra vez. Hay que imaginar al narrador, al protagonista y al autor hablando en español a un lector imaginario. Resquicios especulativos. Y ahí nos esperan las trampas: los falsos amigos y una sintaxis que también parece semejante. Incluso a veces duele cambiar el orden de alguna palabra, de algunos pronombres: suenan tan bien en portugués, pero no necesariamente en español. Ahí es cuando procuro hacer una lectura en las comas, en los puntos, en el espacio que va de una frase a otra. ¿Se conservó la fuerza de esta frase? Es una pregunta obligatoria. ¿Cómo la vería el autor? Es la otra pregunta que se dibuja. ¿Se conmoverá el lector? Es la cuestión inevitable. Si hay dudas, hay que dejarla descansar, tomar agua y rumiar la idea para después. Con rojo, las dudas del portugués; con azul, lo que hay que mejorar en español.

 

Y luego no tenemos los diccionarios del portugués de Brasil. Aquí debo coincidir con lo que han dicho todos los mapeados del proyecto Conexões Itaú Cultural: no hay material para traducir las obras del portugués brasileño contemporáneo. Entonces, tenemos que ir de un diccionario Lusitano a diccionarios de sinónimos y, claro, apoyarnos en Diccionarios sólo de portugués. En mi caso, es un alivio poder consultar el Dicionário Analógico, de Francisco Ferreira dos Santos Azevedo: ahí una puede navegar en las palabras y regresar al texto para tomar decisiones. Pequeños ejemplos: las palabras “torcida” y “boteco”, no se encuentran en su acepción de hincha y cantina.

A veces la traducción parece buena, encaja, representa, pero nunca se sabe. Conviven en esta labor, una especie de resistencia a hacer otra versión: se quiere dejar la novela intocada, exactamente la del autor, lista para que aquel otro lector la disfrute sin muchos cambios. Y, al mismo tiempo, aparece la tentación de adaptar e, incluso, agregar una brevísima nota de pie de página para que el lector no se salga del libro. La especulación.

Pero habrá que resignarse, ni modo, esta traducción será El Hijo Eterno, es decir, otra versión de O Filho Eterno, esto es, en español contemporáneo. Eso sí, muy pronto, pues el libro estará listo para la FIL Guadalajara 2012.


[1] Texto apresentado na 22ª Bienal Internacional do livro de São Paulo, no encontro O Autor e sua Tradutora, organizado pela Fundação Biblioteca Nacional, com o escritor e autor do livro O Filho Eterno, Cristovão Tezza, e todo como mediador Claudiney Ferreira, do Itaú Cultural.

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